"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

sábado, 9 de abril de 2011

6 - Johnatan


-¡Es como yo le digo, doctor! Créame! ¡Tienen todas el mismo gusto!
Cosme, el frutero de enfrente del bar, me lo decía gesticulando con una mandarina en una mano y una naranja en la otra
-Sí, a mí me parecía
-¡Pero claro, hombre, es por los químicos que le enchufan! ¡Que fertilizantes, que insecticidas, al final da lo mismo comerse un kiwi que una banana! ¡Son un desastre!
-Bueno, tampoco será para tanto
-¡Qué no va a ser para tanto! ¡Cada vez vienen peor! ¡Una verdadera porquería!
Hablaba casi a los gritos, sin importarle que lo escucharan las vecinas que estaban esperando ser atendidas. Francamente, no me explico cómo conserva la clientela

En realidad toda la conversación no era más que una excusa para quedarme un rato parado justo enfrente del bar, esperando que saliera el pibe.

Dado que era evidente que no iba a poder obtener mayor información de Anchoa, que se me hacía el detective misterioso, ni de doña Moderación, que cuando quería evitar el tema me hablaba de su dolor de tobillos, ni de Cande, que hacía sólo un par de días que trabajaba en el bar, ni del cocinero vikingo, porque no me manejo muy bien con el croaciano, o croatés, o como caracho se llame el idioma, y para las señas no me doy maña, ni de Orellana, que estaba desaparecido desde el día del incidente, solamente me quedaba intentar con Johnatan, el bachero.
Yo sabía que todas las mañanas a la misma hora, iba a llevar unos sandwiches a una oficina a un par de cuadras.
Al rato nomás lo vi venir, alto y flaco, casi escuálido, con sus pantalones vaqueros medio caídos, su remera negra con una lengua colorada en el pecho, y sus zapatillas también coloradas. Caminaba acompasadamente, con una mano en el bolsillo, y en la otra el paquete con el delivery (como le llama doña Moderación a los sándwiches y los cafés que le manda a entregar)

-¡Pruebe! ¡Va a ver si no tengo razón! ¡Pruebe!, me dijo Cosme, y me extendió la mano con media mandarina que había pelado
Lo paré con un gesto y le contesté
-Apárteme medio kilo, que después paso
-¿De mandarinas o de naranjas?
-De lo que venga ¿No es lo mismo?

Cuando Johnatan terminó de cruzar la avenida y pasó rumbo a la oficina, me le puse a la par.
Yo quería preguntarle por las luces, la música rara, el olor a sahumerio, incluso por el barbudo de túnica que había visto en el balcón del primer piso el día del altercado con Orellana

Pero para llegar a esos temas tan específicos, traté de entrar en conversación de a poco:

-Qué dice, pibe
Me miró de reojo, con esos ojos vidriosos y enrojecidos, como si recién se levantara de la siesta, y arqueó las cejas. Al tenerlo cerca, vi que llevaba en el cuello un pañuelo finito anudado y un collarcito de cuentas verdes, rojas y amarillas.
No me respondió. Supuse que era porque, como siempre, tenía ese aparatito con la música en las orejas, y no me había escuchado. Así que levanté un poco la voz.
-Está lindo para andar en la calle, hoy, no?
Apenas giró, y me volvió a mirar vidriosamente, como si estuviera a punto de llorar. Tiene el pelo morocho, bastante largo, pero el flequillo es corto, como desproporcionado con el resto de la cabellera. La cara es tan delgada como el cuerpo, y los pómulos le sobresalen como dos pequeñas montañas. Movía la cabeza mínimamente hacia los lados, como siguiendo el compás de la música. Como seguía sin contestarme, le hablé un poco más fuerte.
-Hay muchos pedidos para repartir?
Sin dejar de caminar, me dedicó una mirada rojiza, como si recién terminara de llorar, pero no dijo ni una palabra. Así iba a ser difícil sacarle alguna información. Traté de mantener la calma, y probé de entrarle por el lado del amor. Me le acerqué un poco más, y ensayé un tonito cómplice:
-Y Candela, cómo anda? Es linda la piba, eh!
Yo trataba de seguirle el ritmo mientras algunas vecinas de la cuadra se daban vuelta cuando nos cruzaban. Se ve que les llamaba la atención el contraste entre la facha del pibe y mi traje gris con chaleco y corbata. Esta vez ni se dio vuelta, siguió caminando, con la mirada perdida al frente y el paso acompasado.
Empecé a levantar presión. Cómo puede ser, la juventud de ahora no tiene el mínimo respeto. La novia me tutea como si yo fuera un pibe, y éste me ignora como si no existiera.
Así que no me pude contener más, y le largué, a los gritos:
-¡Escúcheme jovencito, si usted cree que porque soy una persona mayor no valgo nada, y se puede dar el lujo de faltarme el respeto y no contestarme las preguntas que le hago, está muy equivocado! ¡Porque al fin y al cabo, además de ser un hombre respetable y usted un mocoso, yo soy cliente del bar donde usted trabaja, y debería tener conmigo aunque sea una mínima cuota de amabilidad! ¡¡Y aunque doña Moderación diga que es un buen chico, tendría que cuidar un poco más su aspecto!! ¡¡¡Porque con esa facha, y ese pelo, parece un drogadicto!!! ¡¡¡¡Y ahora que lo digo, no sé si no lo será, nomás, todo el día escuchando esa música en inglés, a todo lo que da, y con esa mirada perdida, que parece que hubiera estado fumando quién sabe qué porquería!!!!

Mientras le gritaba la última frase, el pibe se frenó, se puso de frente a mí, sacó la mano del bolsillo, y se desprendió el cablecito de la oreja derecha.
Pensé que se había dado cuenta de que le estaba diciendo algo importante, y se lo sacaba para poder escucharme.
Pero no.
Sin dejar de mirarme a los ojos, me lo fue acercando al costado izquierdo de mi cara.
Me paré en seco, y levanté las manos para frenarlo, pero cuando vi que me estaba por poner el auricular en el oído, quedé como paralizado, y solamente atiné a cerrar fuerte los ojos, y a encoger el cuello metiendo la cabeza entre los hombros, como cuando uno se prepara para una explosión.

Lo que escuché me cortó la respiración.

La letra de Cátulo Castillo, la música de Aníbal Troilo, la inconfundible voz del Polaco Goyeneche, y las últimas tres estrofas, los últimos trece versos de Desencuentro:

Quisiste con ternura, y el amor
te devoró de atrás hasta el riñón.
Se rieron de tu abrazo y ahí nomás
te hundieron con rencor todo el arpón

Amargo desencuentro, porque ves
que es al revés...
Creiste en la honradez
y en la moral...
¡qué estupidez!

Por eso en tu total
fracaso de vivir,
ni el tiro del final
te va a salir.

Cuando abrí los ojos, me encontré con los del pibe, que ya estaban derramando sendos lagrimones, que ya estaban deslizándose por los pómulos montañosos.

La pucha.



Safe Creative #0910164691160

3 comentarios:

  1. Va mi comentario para todas las entregas de esta novela.
    Un personaje de barrio que observa y narra en primerísima persona su visión, un tanto apartada del paisaje. Lo redescubre con su voraz apetito por conocerlo en profundidad. Integrarse desde su distancia. Pero, he aquí lo particular. Los personajes, desopilantes, son "vistos" a través de su consternación y los monólogos, cada un@ con su peculariedad.
    La escena, los pensamientos, recuerdan el estilo de Fontanarrosa. Pero es un creador, nuevo y distinto, porque la diferencia radica en la diferenciación de quien escribe y narra.
    Realmente me encuentro con una originalidad digna de destacarse, perdurar, pintar una aldea del mundo porteño que describe el hoy en una voz de ayer.

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  2. Va mi comentario para todas las entregas de esta novela.
    Un personaje de barrio que observa y narra en primerísima persona su visión, un tanto apartada del paisaje. Lo redescubre con su voraz apetito por conocerlo en profundidad. Integrarse desde su distancia. Pero, he aquí lo particular. Los personajes, desopilantes, son "vistos" a través de su consternación y los monólogos, cada un@ con su peculariedad.
    La escena, los pensamientos, recuerdan el estilo de Fontanarrosa. Pero es un creador, nuevo y distinto, porque la diferencia radica en la diferenciación de quien escribe y narra.
    Realmente me encuentro con una originalidad digna de destacarse, perdurar, pintar una aldea del mundo porteño que describe el hoy en una voz de ayer.

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  3. comentario con hipo el anterior....
    sigo leyendo te felicito...

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