"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 18 de septiembre de 2011

29 - Pascua


Por segunda vez me detuve, y esta vez, además me paré de frente a Anchoa, y lo agarré del brazo, como para subrayar mi pregunta:

- ¿Pascua? ¿El que casi los deschava con Cosme, el frutero?
- El mismo
- Pero si ese tipo ni siquiera es capaz de mantener en secreto que está siendo partícipe de una investigación. ¡Cómo va a ser Doctor en Física recibido en ese instituto extranjero!
- Bueno, como todo científico, es un poco despistado, pero en su especialidad es uno de los que más sabe en el mundo.
- Y seré curioso. ¿Cuál viene a ser la especialidad del señor, perdón, del Doctor Pascua?
- La teoría del Quantenverschränkung 
- ¡Ta que lo tiró, Anchoa! Usted sabe que tengo facilidad para la fonética, acuérdese si no de cómo me mandó al frente con Svebor, el cocinero del bar,  aprovechándose de mi habilidad innata. Pero esto que me acaba de nombrar, si bien me suena a alemán, no tengo la más remotísima idea de qué significa.
- No se equivoca, Tordo. Tiene buen oído. Es alemán. Significa Entrelazamiento Cuántico. Así se denomina a una propiedad de las partículas que predijo Einstein en 1935. Pero no lo quiero abrumar con detalles técnicos, que para ser sinceros, sólo conozco superficialmente. Para eso trabajamos en equipo, y tenemos a los mejores especialistas en cada área.
- ¿Y usted me va a contar ahora que su amigo, que se supone que en lugar de un barrabrava de la hinchada de nueva Chicago resultó ser un científico serio, se dedica a estudiar esas paparruchadas de los viajes en el tiempo? ¿Qué?¿Está construyendo una máquina para ir al pasado o al futuro, como en las películas?
- Tranquilícese, Doc. En primer lugar, tan paparruchada no es, este tema. Usted lo experimentó en carne propia, y no le cayó muy bien que digamos. Casi se me desmaya. Y en segundo lugar, con respecto a los estudios del Doctor Pascualini, mejor dejemos que él mismo le explique.

Enfrascado como había estado en la charla, ni me había dado cuenta de que nuestra caminata nos había llevado hasta la entrada principal del Coliseo del Bajo Belgrano, en Pampa y Miñones.
Anchoa saludó al tipo de vigilancia que estaba parado a un costado del portón, y pasó para adentro.
Yo lo seguí, pensando en que había estado convencido de que el sobrenombre del Doctor en Física hacía referencia a la festividad religiosa, en lugar de ser, simplemente, un apócope de su apellido, como me lo acababa de dejar saber, como al pasar, el detective.

Fuimos por un camino ancho de cemento que corre paralelo a la cabecera del campo de juego, justo al pie de la tribuna, y llegamos al cuartito donde se había desarrollado la reunión del equipo de Investigaciones Globales la noche anterior. En el trayecto pude ver a unos pibes, seguramente pertenecientes a las divisiones inferiores, trotando alrededor de la cancha, mientras un viejito con ropa deportiva y una boina a cuadros que no pegaba con el resto de su indumentaria, regaba el césped en el círculo central, utilizando una manguera que largaba más agua por las pinchaduras que por el pico.

Cuando entramos al cuartito, nos encontramos justo detrás de la puerta con Pilín, que resoplaba mientras se agachaba para recoger del piso los vasos de plástico que habían quedado de la reunión de la noche anterior. Enderezó como pudo su enorme humanidad, nos observó a ambos, y dirigiéndose a mí con una expresión de asombro y su desconcertante vocecita de nene, dijo:

- ¡Cómo le va, Dotor! ¿Otra vez por acá?
Anchoa se apuró a responder por mí, guiñándome disimuladamente un ojo:
- Sí, gordo, el Tordo vino a ver cómo Pascua nos arma el plan para correr a los pechofrío de Cambaceres el sábado que viene, que jugamos de visitantes. ¿No, Doc?
- Sí, claro, Anchoa, le contesté siguiéndole el juego.
- Si sigue así, se va a hacer hincha de Excursio, el Dotor, dijo Pilín, y soltó una carcajada cortita.
- Y, quién le dice, Pilín, uno le va tomando cariño a los colores de la institución, le respondí, ya totalmente lanzado a seguir con la farsa, a pesar de que me daba pena que Anchoa y los demás integrantes de Investigaciones Globales lo tuvieran engañado de esa manera al gordo, que, si bien no tiene muchas luces que digamos, parece ser un muchacho noble. Pero la curiosidad por enterarme de qué caracho era lo que estaba pasando en el bendito bar y sus adyacencias pudo más. Así que, como para reforzar un poco el concepto, agregué:
- Así que voy a ver si acá su amigo Pascua me explica  qué estrategia van a poner en práctica, que para eso es un experto. ¡Qué digo un experto! ¡Un Doc


Anchoa, que estaba parado a mi lado, me tomó del hombro, pero clavándome el pulgar en el trapecio con tanta fuerza que me dejó sin aire, impidiéndome terminar la frase.
- Venga, Tordo, tome asiento, me dijo, apretando los dientes y mostrándome una falsa sonrisa, a la vez que sin soltarme el músculo me hizo girar hasta que quedé de frente a la mesa. Con la otra mano me arrimó una silla por detrás, y me la calzó debajo del traste, de manera que quedé sentado en una fracción de segundo. Se arrimó a mi oído, y me susurró:
- Discúlpeme la brusquedad del procedimiento, pero se estaba yendo de boca.
Con un hilo de voz, no tanto por mantener el secreto, sino porque el dolor no me permitía prácticamente emitir sonido, le contesté:
- Perdóneme usted. Es que me entusiasmé.
Recién ahí aflojó la presión del dedo, y yo pude volver a respirar, al mismo tiempo que me percataba que tenía frente a mí, del otro lado de la mesa, a Pascua (o al Doctor Pascualini, como me acababa de enterar), absolutamente concentrado en la pantalla de una computadora portátil.

Anchoa le dijo entonces a Pilín:
- Gordo, haceme un favor. Si vas a sacar la basura, pasá por el depósito, y fijate que esté todo en orden. Los trapos, y los bombos.
El gordo asintió con la cabeza, y salió con la bolsa de residuos.

- Listo. Ahora podemos hablar tranquilos.

Pascua seguía mirando fijo la computadora. A decir verdad, no tiene un aspecto que uno pueda asociar con un científico. La cabeza grande y tirando a cuadrada, la barba desprolija de algunos días, los ojos pequeños, muy robusto todo él, y un detalle fundamental: no usa anteojos. Más bien me lo imagino atendiendo una parrilla, o algo así, antes que quemándose las pestañas con quién sabe qué fórmulas complicadísimas en la pantalla de una computadora. Pero se ve que, como dice Anchoa,  prácticamente nada es lo que parece.

- Bueno, Pascua. El Doc anduvo dando vueltas a la manzana del bar, así que creo que podemos ponerlo al tanto de lo que estuvimos averiguando.
La voz soplante de Anchoa pareció sacarlo a Pascua de sus elucubraciones al menos parcialmente, porque sin apartar la vista de la pantalla, le preguntó:
- ¿Vueltas completas?
- Sí
- ¿En sentido horario y antihorario?
- Efectivamente
- A la flauta.

- Discúlpeme,  Pascua. Ante todo, buenas tardes.
- Perdone, Doctor. Buenas tardes.
- No es nada. Y en segundo lugar, Anchoa me dijo que usted está estudiando en profundidad cómo es este asunto de las alteraciones del tiempo en la zona del bar.
Sin mover ni un centímetro sus ojos de la pantalla de la computadora, me contestó:
- Es que hay algo que me está costando terminar de resolver y me tiene trabado
Y nos hizo un gesto con las manos señalándonos las sillas vacías a su izquierda y a su derecha.
Me paré, y rodeé la mesa, mientras Anchoa hacía lo mismo por el otro flanco, y nos sentamos uno a cada lado del Doctor Pascualini.

En la pantalla de la computadora  se veían, sobre un fondo verde, varias columnas de cartas de póker.

Entonces Pascua preguntó:
- ¿Qué me conviene? ¿Subo el tres de corazones, o barajo de vuelta a ver si me sale el as de pique?

- CONTINUARÁ -

2 comentarios:

  1. Cómo resolver el solitario me parece una cuestión de primera importancia; sumada por supuesto a la paparruchada de los viajes por el tiempo, claro...

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