"En general, nada es lo que parece" (A. N. Choa)

domingo, 24 de abril de 2011

8 - Erec


Sin terminar la frase, Anchoa se agachó con un movimiento ágil, casi eléctrico.

Se hizo un ovillo y quedó oculto detrás de una de las pilas de cajones de manzanas que Cosme armaba todas las mañanas junto al cordón de la vereda, y que en conjunto con el toldo verde de lona, formaban una especie de recova delante de la frutería.
Pilín, sin preguntar por qué, intentó obedecer la orden rápidamente, pero en razón de su masa corporal, y de que por no soltar el salamín ni la bolsa de pan, no podía usar las manos para apoyarse en el piso, casi tira al diablo las cajas que estaban al lado de las manzanas. En el tambaleo se le cayó un cacho de bananas encima de la cabeza. Sin perder tiempo peló una y se la deglutió en dos bocados, así como estaba, nomás, en cuclillas, mientras soltaba una risita. Cosme lo miró de reojo, pero pareció no importarle.
Yo fui el último en agacharme, porque el dolor de cintura me seguía maltratando.

-Mire, tordo, asómese por el costadito! dijo Anchoa
Le hice caso, y entrecerrando un poco los ojos, lo reconocí: era Orellana, que salía apurado del bar con su bolsito colgado del hombro derecho, mirando para todos lados, como asegurándose de que nadie lo seguía, y enfilando para el lado del paso a nivel, seguramente para tomarse el tren a su casa.
-Menos mal que no lo vio, dotor! balbuceó Pilín con su voz finita, y medio atragantado con la banana.

Me pareció raro verlo salir del bar, porque después del incidente de aquel domingo, yo había vuelto varias veces, y el correntino nunca estaba.
Primero había pensado que no estaba coincidiendo con él, por eso de los turnos rotativos.
En los últimos días, casi me había convencido de que lo habían despedido, máxime cuando empezó a trabajar la camarera nueva.

Detrás de Orellana iba Erec.

Erec es, basicamente, como una especie de ovejero alemán devaluado: tiene la cabeza no tan grande, el cuerpo no tan macizo, el lomo no tan oscuro y las orejas no tan erguidas como un verdadero ovejero alemán. Lo que estoy seguro que no tiene devaluado es la personalidad.
El tipo se mueve en la calle con una seguridad que muchos humanos le envidiarían. Uno lo ve tomando decisiones a cada rato: para dónde ir, en qué esquina doblar, dónde sentarse a descansar, en cuál boliche entrar, dónde pasar la noche.
Parece siempre ocupado en algo, como si tuviera algún propósito inmediato que cumplir.
Nunca vi que nadie le acariciara la cabeza. Impone cierto respeto, como para tratarlo de usted. Todos en el barrio lo conocen, y lo saludan cuando se cruzan con él. Él devuelve el saludo mirando a los ojos, y de vez en cuando haciendo una sonrisa de perro, pero como al pasar, sin detenerse.
A veces va sólo, pero otras veces lo acompañan dos o tres perros, también callejeros, y entonces se mueven en bloque, como contagiados de la seguridad de Erec. Siempre trato de imaginarme a dónde se dirigen los perros que andan sueltos por la calle, especialmente cuando van en grupo. ¿Será que alguno tiene un dato preciso sobre una bolsa de residuos con comida, o una perra en celo, y lo comparte con sus compañeros, y allá van todos?

Erec lo siguió a Orellana hasta la barrera, que estaba baja.
Ahí lo perdí de vista al correntino. Erec cruzó la avenida por delante de los autos que esperaban, y cuando llegó a la vereda de nuestro lado, dobló en dirección a nosotros.

Siempre me llamó la atención el nombre que tiene el perro. ¿Por qué no se llama Chicho, o Negro, como cualquier perro de la calle?
Un día que lo vi echado en el taller que está a la vuelta del bar, le pregunté a los muchachos si sabían porqué le habían puesto ese nombre con reminiscencias nórdicas.
No sé si interpretaron bien mi pregunta, pero me contestaron:
-Se llama Erección, pero todos le decimos Erec, para abreviar
-Aah, claro!

Así que se vino al trotecito pasando por delante de la pollería, sin siquiera desviar la mirada, y eso que los efluvios que salen de ese boliche deben ser más que tentadores para cualquier perro.
Zigzagueaba esquivando la gente que iba y venía por la cuadra, serio y concentrado.
Al llegar a la frutería, le sonrió primero a Cosme y después a Pilín.
A mí me ignoró, y entonces pasó algo extraño.
Ya nos habíamos incorporado los tres, porque como Orellana había desaparecido entre la multitud que esperaba el tren, ya no había razón para seguir escondidos detrás de los cajones.
Cuando estuvo cerca de Anchoa, Erec se detuvo, se le puso de frente, y levantó la cabeza para mirarlo fijamente a los ojos. Se quedaron así durante varios segundos. Anchoa con sus ojos saltones y brillosos de suricata, y Erec con sus ojos de perro, quieto, sin mover siquiera la cola. Como intercambiando algún tipo de información utilizando solamente la mirada.

De repente, Erec se puso otra vez en marcha, dobló la esquina y desapareció de nuestra vista.

Pilín y yo nos quedamos mirando, primero la esquina por donde había desaparecido el perro, y a continuación la cara de Anchoa, que con la misma expresión reconcentrada que le había visto unos segundos antes a Erec, nos dijo:

-Entremos al bar. Invito yo

- CONTINUARÁ -
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4 comentarios:

  1. Por respeto, Doctor, dejo la lectura de su novela costumbrista para el "fin de jornada", segura de que aportará un momento de goce pero también de reflexión.
    Con este capítulo, sucedió lo mismo que en los anteriores: Renglones de sonrisas. Hilos de nostalgia. Pasajes de la vida de todo barrio... Y más.
    ali

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  2. Me encantas sus personaes DOc, hasta el perro está bárbaro, todo un personaje Erec. Lo felicito y lo espero en el taller literario, vamos: !!Anímese!!!

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  3. Anonimo es Pié Acentuado, no me deja publicar de otra forma. Salute.

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  4. Un agradecimiento a Lelia, maestra incorregible, que me encontró una falta de ortografía, que fue inmediatamente subsanada

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